Que hable ahora Aragón

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Cataluña ha hablado y se ha decantado por permanecer en el Estado español. Aunque de iure no existen las elecciones plebiscitarias, de facto la democracia ha prevalecido sobre el corsé legal para que a través del juego político se exprese la voluntad del pueblo. La autodeterminación (en sentido pleno, no como mero sinónimo de independencia) ha sido ejercida por la ciudadanía catalana, del mismo modo que en cada elección –sea local, autonómica, legislativa o europea, con o sin independentismo de por medio- nos autodeterminamos los pueblos y naciones. Creo que hubiese sido mucho más saludable que Rajoy no se hubiese sentado sobre su autosuficiente inmovilismo constitucional para oponerse a un referéndum que sí tuvieronEscocia o -años atrás- Quebec. Cuando una nacionalidad manifiesta de forma tan consistente la necesidad de replantearse su continuidad en el Estado, en países de mayor talante democrático consideran que no es constitucionalmente saludable ignorar el fenómeno. Recordemos que las realidades y voluntades políticas son las que determinan el contenido de las constituciones, no al revés. Y en un Estado plurinacional como el español deberíamos estar preparados para estos casos. Es muy peligroso cerrar todas las espitas de una olla a presión por muy constitucional que sea el acero inoxidable del que está hecha: irremediablemente, con tiempo y calor suficiente, todas acaban por reventar. Por eso es tan nocivo el inmovilismo constitucional, y en lo que al modelo territorial se refiere, desde CHA venimos alertando desde hace décadas.
Todos, incluyendo el PP, han mantenido en la campaña electoral un discurso plebiscitario, validando con ello la consulta de autodeterminación. Pero el “problema catalán”, que no es sino la punta de lanza de un problema de arquitectura plurinacional del Estado, no acaba con ello. Cataluña queda ahora en una situación de ingobernabilidad. A los componentes de Junts pel Sí solo les unía un único punto programático, la independencia, pero gobernar es otra cosa y, teniendo además a la CUP enfrente, va a ser difícil evitar que en unos meses se convoquen nuevas elecciones (éstas ya no plebiscitarias). Y también están las generales: quienes gobiernen en España habrán de abordar la forma de resolver el embrollo catalán. En todo esto Aragón tiene mucho que perder.
Para “apaciguar” a Cataluña ¿se seguirá la pauta del actual Estado de las Autonomías y sus pactos autonómicos, de una España de geometría variable en la que Aragón, olvidado en su triste realidad territorial, mal comunicado, envejecido y despoblado, a pesar de la demanda de sus habitantes, quedó relegado a una posición de marginación frente a sus vecinos? Solo en un Estado sin estructura genuinamente federal o confederal como el que tenemos son posibles estas injusticias. Sí: ese Estado que prioriza siempre sus intereses sobre los nuestros, que no nos ampara cuando Cataluña retiene nuestros bienes expoliados o los papeles aragoneses de Salamanca, bloquea el Archivo de la Corona de Aragón, falsea nuestra Historia, reclama nuestros ríos e incluso nuestro territorio al considerar catalanes (sin respetar ni preguntar a nadie) a todos los que siendo aragoneses de la más pura cepa hablan una lengua que no es exclusiva de Cataluña porque también nació en Aragón.
Estamos a las puertas de cambios de inmensa trascendencia para Aragón y su futuro. ¿Pagará de nuevo Aragón la factura o haremos oír nuestra voz?

Miguel Martínez Tomey

Publicado en Heraldo de Aragón el 1 de octubre de 2015