Bienvenidos a la cultura del pacto / Biembenius t’a cultura d’o pauto

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Entre las notables novedades y fenómenos que el resultado de las elecciones del 24 de mayo ha traído consigo me gustaría destacar el de la pluralidad de fuerzas políticas que han conseguido presencia en las instituciones legislativas y de gobierno. Como aragonés, me llama poderosamente la atención el frenesí, la sobreexcitación que se percibe a través de los grandes medios de comunicación de ámbito estatal con respecto a la necesidad de negociar y pactar que determina esta nueva situación. Nueva para ellos, claro, y esto hemos de entenderlo los aragoneses, catalanes o vascos, más acostumbrados a la pluralidad política. Estos medios de comunicación, y los poderes que a través de ellos se expresan están basados en la ciudad de Madrid, en donde moran, alimentan y se retroalimentan el grueso de los contenidos informativos, de sus perspectivas y construcciones mentales que difunden al resto del mundo, rodeados por un amplio territorio correspondiente a la antigua Corona de Castilla, hoy día configurada en comunidades autónomas que prácticamente tampoco han conocido otra cosa a lo largo de la etapa democrática que tableros de juego político dominados por dos o tan apenas tres fuerzas políticas, y en las que quien ganaba solía gozar de mayoría absoluta.

Al modo de los espejos ondulados del callejón del Gato de ese mismo Madrid, que inducían a la visión esperpéntica o deformada de la realidad que denunciaba Ramón del Valle-Inclán de la España de hace casi cien años, el vivir cotidiano de reporteros, redactores, comentaristas políticos, formadores de opinión, intelectuales, poderes fácticos o no, en la urbe madrileña enclavada en el centro de la “España española” les ha impedido una correcta visión de la complejidad y diversidad de la realidad española, privándoles del grado de sensibilidad intelectual necesario para reconocer y valorar apropiadamente la existencia de otras culturas políticas en España a las que, por alguna razón, parecían considerar menos “propias”, menos españolas, más atípicas. Solo el peso e importancia de los asuntos políticos vascos y catalanes rompía esa especie de propensión monocorde a plasmar y ratificar su paradigma político en telediarios y debates, y aun esto solo asociado al “hecho diferencial” que la España uniformizadora les reconoció a ellos y no a otras comunidades con peculiaridades propias dignas también de atención.

Pero el hecho cierto, aunque obviado fuera de Aragón, es que, aparte de vascos y catalanes, los aragoneses también hemos sido una rara avis en el contexto de la política española, hecho que da cuenta de nuestro propio hecho diferencial como nacionalidad, como comunidad política, a pesar de la interesada negativa a reconocerlo por parte de los llamados “padres de la Constitución” en su día y de sus sucesores a lo largo de los diferentes pactos autonómicos. Pues bien, con sin ninguneo, los hechos son incontestables: a pesar de las invasiones e intentos asimiladores que hemos sufrido a lo largo de nuestra historia, las aragonesas y los aragoneses hemos mantenido hasta nuestros días ese sustrato, esa especie de obligación ética llena de buen sentido de procurar reflejar nuestra pluralidad a través de un voto muy repartido y de hacerla dialogar y pactar en las instituciones para que, en la medida de lo posible, ninguna fuerza de mínima consideración sea totalmente excluida por pequeña o se convierta en una déspota autoritaria por grande.

En las antiguas Cortes de Aragón las leyes se adoptaban por unanimidad, ni siquiera por mayoría, cosa que obligaba a largas, arduas y (especialmente para los reyes más propensos al autoritarismo) enojosas negociaciones y debates; pero ello nunca paralizó seriamente la toma de decisiones, mucho menos en situaciones trascendentales para el futuro del país. Sin embargo, en la nueva España surgida del despotismo borbónico del XVIII, desde una Castilla cuyo parlamentarismo genuino ya había sido reducido a la nada por los Reyes Católicos y sus sucesores Habsburgo, la cultura del pacto era una impertinencia, una aberración incompatible con la eficacia que se espera de todo gobernante.

Este sustrato de cultura política autoritaria, campo fértil para dictaduras centralistas, despóticas, uniformizadoras y refractarias a todo diálogo o consideración hacia lo que se sale de la norma establecida desde arriba es el que tradicionalmente ha imperado en esa España carpetovetónica desde la que irradia Madrid. Una dictadura es siempre una dictadura, dure cuarenta años o, en un contexto formalmente democrático, solo cuatro renovables por periodos de otros cuatro años si los electores, la ley electoral y la propaganda del poder siguen beneficiando al bipartidismo y las mayorías absolutas. Así, el “coco” de la diversidad política se conjura asegurando los llamados “gobiernos estables”, que tan bien se adaptan a esta mentalidad tan propia de un país adoctrinado durante siglos por la Inquisición y convencido de que, como decía una canción de los tiempos de la transición, siempre hacen falta “palo largo y mano dura para evitar lo peor”. Hoy el palo adopta la forma de rodillo parlamentario y la mano se cubre con un guante de seda.

Pues bien: por una vez toca que la mentalidad política más estrecha, subdesarrollada y propensa a resolver los problemas complejos de la vida en democracia con dos “yoyas” y un “Santiago y cierra España” aprenda por una vez de quienes aportamos otra experiencia del juego político más consecuente con la heterogeneidad esperable y deseable en una sociedad moderna y plural. Bienvenidos a la cultura del pacto. ¡Y que sea ya para siempre!
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Entre as notables nobedaz e fenomenos que o resultato d’as eslizions d’o 24 de mayo ha trayito me cuacareba estacar o d’a pluralidá de fuerzas politicas que han consiguito presenzia en as instituzions lechislatibas e de gubierno. Como aragonés, me clama poderosamén l’atenzión o alticame, a sobreszitazión que s’apercaza á trabiés d’os grans meyos de comunicazión d’ambito estatal con respeuto á ra nezesidá de negoziar e pautar que determina ista nueba situazión. Nueba ta ellos, profes, e isto emos de replecar-lo os aragoneses, catalans u bascos, más alcostumbratos á ra pluralidá politica. Istos meyos de comunicazión, e os poders que á trabiés d’ellos s’espresan son aposatos en a ziudá de Madrí, ande moran, alimentan e se retalimentan o rezio d’os contenitos informatibos, d’as suyas perspeutibas e construzions mentals que esparden á o resto d’o mundo, arrodiatos por un amplo territorio correspondién á l’antiga Corona de Castiella, güei aconformata por comunidaz autonomas que prauticamén tampó no han conoxito atra cosa á o largo d’a etapa democratica que tablers de chuego politico dominatos por dos u no guaires tres fuerzas politicas, y en as que qui ganaba gosaba espleitar de mayoría asoluta.

D’a mesma mena que os espiellos ondulatos d’o candón d’o Gato d’ixe mesmo Madrí, que enduziban a ra bisión esperpentica u esformata d’a reyalidá que denunziaba Ramón del Valle-Inclán d’a España de fa cuasi zien añadas, o bibir cutiano de reporters, redautors, comentaristas politicos, formadors d’opinión, inteleutuals, poders fauticos u no, en a urbe madrilenca clabata en o zentro d’a “España española” lis ha empachato una correuta bisión d’a complexidá e dibersidá d’a reyalidá española, pribando-lis d’o grau de sensibilidá inteleutual nezesario ta reconoxer e abalurar apropiatamén a esistenzia d’atras culturas politicas en España á ras que, por bella razón, parixeban considerar menos “propias”, menos españolas, más atipicas. Nomás o peso e importanzia d’os afers politicos bascos e catalans crebaba ixa mena de propensión monocorde á plasmar y emologar o suyo paradigma politico en telediarios e debates, e mesmo isto perén asoziato á o “feito esferenzial” que a España uniformizadera lis reconoxió á ellos e no pas á atras comunidaz con peculiaridaz propias dinnas tamién d’atenzión.

Pero o feito zierto, malas que espernito difuera d’Aragón, ye que, antimás de bascos e catalans, os aragoneses tamién emos feito una rara avis en o contesto d’a politica española, feito que da treslau d’o nuestro propio feito esferenzial como nazionalidá, como comunidá politica, á penar d’o intresato refús á reconoxer-lo por parti d’os clamatos “pais d’a Constituzión” en o suyo día e d’os suyos suzesors á ro largo d’os diferens pautos autonomicos. Pues bien, con u sin disprezio, os feitos son incontestables: á tamas d’as imbasions e intentos asemiladers que emos sofrito á ro largo d’a nuestra istoria, as aragonesas e os aragoneses emos mantenito dica os nuestros días ixe soztrato, ixa mena d’obligazión etica rebutién de buen sentiu de prebar de reflexar a nuestra pluralidá á trabiés d’un boto pro repartito e de fer-la dialogar e pautar en as instituzions ta que, en a mida d’o posible, garra fuerza de minima considerazión siga de raso escluyita por chiqueta u se combierta en bella despota autoritaria por gran.

En as antigas Cortes d’Aragón as leis d’adotaban por unanimidá, ni sisquiera por mayoría, cosa que obligaba á largas, arduas y (espezialmén ta os reis más propensos á l’autoritarismo) enullosas negoziazions e debates; pero ixo nunca no perlaticó seriamén a presa de dezisions, e menos encara en situazions traszendentals ta ro esdebenidero d’o país. Manimenos, en a nueba España surtita d’o despotismo borbonico d’o XVIII, dende una Castiella cualo parlamentarismo chenuino ya eba estato esmicazato por os Reis Catolicos e os suyos suzesors Habsburgo, a cultura d’o pauto yera una corrompizión, una aberrazión incompatible con a eficazia que s’aspera de tot gubernán.

Ixe soztrato de cultura politica autoritaria, campo fértil ta ditaduras zentralistas, despoticas, uniformizaderas e refrautarias á tot dialogo u considerazión enta ro que se sale d’a norma establita dende o cobalto ye o que tradizionalmén ha imperato en ixa España carpetobetonica dende a que irradia Madrí. Una ditadura ye sempre una ditadura, dure cuaranta añadas u, en un contesto formalmén democratico, nomás que cuatre renobables por tongadas d’atras cuatro añadas si os eleutors, a lei eleutoral e a propaganda d’o poder siguen benefiziando á o bipartidismo e as mayorías asolutas. Asinas, o “totón” d’a dibersidá politica s’esconchura asegurando os clamatos “gubiernos estables”, que tan bien s’adautan á ista mentalidá tan propia d’un país adotrinato por sieglos por a Inquisizión e combenzito de que, como diziba una canta d’es tiempos d’a transizión, sempre fan falta “palo largo y mano dura para evitar lo peor”. Güei o palo adota ra farcha de ruello parlamentario e a man se cubre con un esguán de seda.

Pues bien, por una begata toca que a mentalidá politica más curta, sozdesarrollata e propensa á estraliar as custions con dos “yoyas” e un “Santiago y cierra España” aprenda por una bez d’os que alportamos atra esperenzia d’o chuego politico más alconforme con a eterocheneidá asperable e deseyable en una soziedá moderna e plural. Biembenius t’a cultura d’o pauto. ¡E que siga ya ta cutio!

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Publicado en / Publicato en: Aragón Digital