Felipe de tal…

monegros borbón

¿Quién es para un aragonés el tal Felipe VI? ¿Nos conocemos, señor? ¿De qué estirpe habla el ordinal que acompaña a su nombre? ¡Ah claro!: el rey de España… pero ¿de qué España? ¿De la de quienes vencieron las guerras –también las crisis financieras- y las paces ibéricas y europeas o la de los que quedaron vencidos, marginados y despreciados para construir el organismo político, económico, social y cultural oficial al que usted da aromas de legitimación y el relumbrón que encandila a las almas sencillas?

Pues sepa que para este ninguneado parche de España llamado Aragón, la monarquía de usted no es la que a nuestros ancestros les dio la independencia en el siglo XI. De ser esa, usted se haría llamar también Felipe V de Aragón. Pero su remoto predecesor, Felipe V de Castilla, decidió no hacerlo porque, sencillamente, aniquiló aquello que justificaba la existencia de una monarquía aragonesa: la independencia del país, el sometimiento del poder público a las leyes (llamadas aquí fueros) y las garantías a los derechos de las personas. Lo hizo en 1707 después de una guerra brutal, que siguen sin contar los manuales de Historia con los que estudian nuestras hijas e hijos y, antes que ellos, una docena de generaciones en los últimos tres siglos. Una guerra, llamada de Sucesión española, en la que derrotó a los muchos aragoneses que se movilizaron contra ese primer borbón temiendo que hiciese lo que finalmente hizo, y en la que traicionó a los que lucharon a su favor creyendo en el juramento que hizo cuando fue reconocido como rey por las Cortes de Aragón en 1703. Felipe V de Castilla se hizo Felipe V de España “matando” (en sentido político, se entiende) a Felipe IV de Aragón.

Así que, lo siento mucho, amigas y amigos aragoneses y aragonesistas, monárquicos o no, que fantaseáis con la idea de que este nuevo Felipe se atenga también a la serie sucesoria aragonesa: no existe ni existirá Felipe V de Aragón. Para nosotros será como si el primer Felipe de Castilla (llamado “El Hermoso”) hubiese sido rey de Aragón; cosa que nunca sucedió, aunque sí fue reina de Aragón su desgraciada mujer (Juana “la Loca”) y a partir de entonces nuestros Felipes y los castellanos hubiesen sido la misma cosa. Conveniente aunque falso; pero¿qué más daría una falsedad más, oiga?

No, no lo hará, no se hará llamar Felipe V de Aragón, como tampoco declarará abolidos los Decretos de Nueva Planta que sustituyeron el singular sistema foral aragonés, su parlamentarismo y su sistema de garantías individuales por la sucesión de gobernantes absolutos (llámense reyes o presidentes), autoritarios y déspotas que trajo consigo la España unitaria. No habrá reconocimiento, no pedirá perdón, no habrá devolución de lo robado.

Tendremos más de lo mismo. Esta cara y bofa institución que no aporta ni aportará nada que sirva para gran cosa o que no pueda obtenerse por mejores medios: ni es imprescindible, ni garantista, ni conciliadora, ni ilusionante. Seguirá siendo para los aragoneses que tengan un poco de memoria, conocimiento y dignidad la encarnación de un insulto histórico cuyas consecuencias seguimos pagando en el presente, la imagen viviente de un proyecto nacional fracasado, borde.

Que se llame como quiera: en estos páramos seguirán soplando los mismos cierzos, los mismos hielos, las mismas sequías. Y seguiremos oteando a lo lejos, como siempre: buscando con la vista -cada vez más angustiados y famélicos- una tierra que ponga libertad