Fondos sociales de reptiles

La toma de conciencia de la existencia y de las potencialidades de medios y formas de comunicación no convencionales que se produjo hacia 1950 revolucionó las técnicas de la comunicación de masas hasta el acusado extremo que hoy conocemos. Su éxito estriba en que la mayoría de los ciudadanos ni siquiera somos conscientes del grado de manipulación al que estamos sometidos en numerosos aspectos de nuestras vidas.

Indudablemente, los dos sectores que más se han afanado en explotar nuevas y más eficaces posibilidades de divulgación de mensajes y consignas y de asimilación por parte de una población de desigual (y por lo general, mediocre) capacidad crítica han sido, desde el primer momento, los empresarios y los políticos.

En esos esfuerzos por comunicar, convencer y persuadir se han escrito tanto páginas gloriosas como miserables. En la modalidad “política” se cuenta, entre las de más baja estofa, la que se refiere a la invención de los llamados “fondos de reptiles”. Este concepto nació de la mano del Canciller de Prusia, Otto von Bismarck, cuando invadió Hannover en 1866 (a la sazón aliada de Austria, recién derrotada por el II Reich) y hubo de enfrentarse a los contubernios y a la irritante propaganda de los partidarios del rey Jorge V de Hannover, convenientemente destronado y enviado al exilio.

Acostumbrado a vencer con los cañones pero irritado con el zumbido de los detractores de la agresiva política prusiana, Bismarck decidió organizar una maquinaria de propaganda (pretendidamente sutil, pero las más de las veces descarada) que contrarrestase el efecto de las críticas que dentro y fuera de su imperio tenía la política de los junkers. Empleó para financiar dicha acción las riquezas incautadas a la casa real de Hannover y enunció sus propósitos con una frase que se hizo insospechadamente célebre: “Utilizaré su dinero para perseguir a estos reptiles malignos hasta sus propias cuevas”.

Así fue como se establecieron esos fondos destinados a la “caza de reptiles” y su popular denominación: los fondos de reptiles. Ni que decir tiene que esta particular forma de asegurar o conquistar el poder pronto encontró preclaros imitadores en toda Europa, siendo unas de las más entusiastas -ya que no aventajadas- alumnas las fuerzas vivas de nuestra hispánica monarquía de la Restauración.

No voy a glosar la historia y evolución de nuestro particular y caciquil estilo de controlar a la prensa y sus mensajes a lo largo de los últimos ciento treinta años. Pero sí quiero señalar hasta qué punto ha calado entre los partidos políticos la conciencia de la importancia de la comunicación no convencional, hasta el punto de considerar como agentes transmisores de información sesgada a personas y entidades que, en principio, no tienen como actividad esencial a la comunicación de masas.

Efectivamente: en los últimos tiempos me doy cuenta de que en las conversaciones y tertulias hay una tendencia a considerar también como fondos de reptiles a las subvenciones que las diferentes entidades sociales, culturales, profesionales, vecinales, ecologistas, de consumidores, etc., reciben del erario público. De acuerdo con esta opinión, estas entidades coadyuvan a la acción de la propaganda de tal o cual partido, generalmente en el poder o con capacidad de recabar recursos destinados a estos fines. Su interés radica en que, en razón de sus pronunciamientos públicos o de su capacidad de comunicadores de segundo o tercer nivel (generalmente interpretando o induciendo determinadas visiones de la realidad entre aquellos hacia quienes se dirige su labor corporativa o social), se pueden prestar consciente o inconscientemente a avalar la imagen o posicionamientos de una determinada opción política y a desacreditar al posicionamiento rival.

Se trata de una acción a menudo elegante, imperceptible y de lento calado (a modo de lluvia fina) que puede funcionar tanto como “concienciadora” de tal o cual sector de nuestra heterogénea sociedad como de caja de resonancia cuando, desde su razonablemente presumible imparcialidad, tercian en cualquier debate público avalando o censurando esta o aquella medida política.

Claro, que llegamos una vez más a la pregunta del millón: ¿son todas las entidades que reciben subvenciones enteramente libres o enteramente teledirigidas? O la del millón y medio: ¿es imposible ser independiente cuando se depende, siquiera parcialmente, de las subvenciones -públicas o privadas-?

Pues en esto, como en casi todas las cosas, habrá de todo, como en botica. Decir esto parece una obviedad, pero con lo expeditivos que nos estamos poniendo las buenas gentes bienpensantes en nuestros días, me parece obligado decirlo. Ha habido y hay muchos y buenos ejemplos de gallardía y buen hacer, que no pocas veces han pagado caro las personas y entidades remisas a la presión del político que quita y da. Y hay casos de descarada y desvergonzada tendenciosidad que son recompensadas año tras año por quienes manejan las riendas del poder en cada legislatura. Según el signo político, unas se pagan con menos entusiasmo (“dale algo para que no te critique demasiado”) que otras, que recompensan en exceso cuando se puede pensando en los tiempos en los que el gobierno y los fondos de reptiles estén en las manos del oponente.

En esta época de peligrosas simplificaciones en las que todos los políticos son corruptos, todos los empresarios estafadores, todos los sindicatos vendidos (y, cuando no, mafiosos), todos los nacionalistas independentistas (amén de filoterroristas), todos los curas pedófilos o todos los maltratadores hombres hay, como cabía esperar, mayor propensión a comprar fácilmente el discurso de que todas las entidades sociales (por ejemplo, las que tienen convenios con el Ayuntamiento de Zaragoza) son agentes asalariados con el fin ganar voluntades para la causa política que sea aprovechando su desinteresada labor. Se habrían convertido en una especie de misioneros políticos que dan pan con una mano al hambriento al tiempo que con la otra lo bautizan para la religión política del partido que financia con los dineros públicos su apostolado social.

Si, ante la duda, consideramos que todas las subvenciones públicas que aseguran la actividad de muchas de estas entidades son fondos de reptiles y las hacemos desaparecer, lamentaremos largamente las consecuencias del agujero social que la inoperatividad o desaparición de estas entidades dejaría abierto. Agujero que las Administraciones públicas no lograrían cubrir con sus recursos actuales o sólo al cabo de muchos años y esfuerzos.  Y quienes lo habrían de pagar más duramente, como ya se está viendo en esta época de recortes generalizados, son precisamente los sectores más débiles y más difícilmente atendibles por los medios ordinarios de la Administración.

La única medida para acabar con los verdaderos reptiles, los que se dedican desde una entidad pretendidamente independiente a aceptar dineros y consignas para servir a intereses bastardos, es la de controlar desde todos los ámbitos y por todos los medios la escrupulosa adecuación de su actividad y su discurso a sus fines declarados, que son por los que se puede justificar su subvención.

Seguramente no hay mecanismo perfecto para ese control, pero hay herramientas que bien se prestan a ayudar: transparencia, publicidad y participación adecuada en las convocatorias de subvenciones, inspección y control de la ejecución y fines de las actividades subvencionadas, exclusión de la subvención a fondo perdido y potenciación del desarrollo de proyectos considerados prioritarios desde los poderes públicos…  Se admiten ideas, que la tarea de mejorar este aspecto de nuestra democracia no es fácil. Eso sí, por favor: nada de clichés ni condenas generales. Que esto es muy serio.