“Uropa” o el mentir de las estrellas

La primera campaña electoral de la que tengo noción tenía como cabeza de lista del PSOE a Fernando Morán. Seguramente los más crecidicos del lugar se acordarán de ese asturiano que fue ministro de Exteriores de Felipe González y que, con tanta paciencia (o sin ella, tampoco lo supimos nunca) tuvo que aguantar innumerables chistes al estilo “Lepe”, antes incluso de que existiesen chistes de leperos. Me acuerdo de los mítines de este hombre de aspecto venerable y -tal vez por ello- tan poco apropiado para las puestas en escena a lo “rocero” con las masas vitoreantes. Me acuerdo de él, más que nada, porque jamás supe qué decía. Sólo sé que pronunciaba muchas veces la palabra “Europa”, muchísimas, incansablemente. Además tenía tendencia a pronunciar “Uropa”, y eso hacía que el mensaje “Uropa” todavía fijase más mi atención sobre esa palabra: “¡Uropaaaaaaaaaaaa…! ¡Porque Uropaaaa…! ¡Uropa p’aquíiii! ¡Uropa p’alláaaaa!” –gritaba incansablemente. Del resto de su discurso yo era incapaz de encontrar nada inteligible que retener en mi memoria, hasta el punto de que con el tiempo llegué a la conclusión de que, tal vez, el único mensaje que buscaba transmitir era ese: “Uropa”. Evidentemente, asociado a PSOE, así que: PSOE=Uropa=lo chachi. A partir de aquí y hasta nuestros días, en lo que a la compleja y sofisticada Europa se refiere, la simplicidad se hizo doctrina, hasta el punto de que, como la plastilina, “Uropa” era esa masa inexcrutable para el común de los mortales que, convenientemente interpretada para el pueblo por los oráculos de la política de aquí, se adaptaba de pistón a lo que en cada momento le convenía al político de turno (habitualmente del PSOE o del PP). ¿Perras europeas?: logro del negociador español. ¿Aragón fuera de la parte del león de los dineros?: culpa de “Uropa”. ¿Entrada en el euro?: logro español. ¿Subidón de precios?: exigencias de “Uropa”. ¿Fondos para AVEs y autovías?: medalla rojigualda. ¿Trenes y carreteras cutres para conectarnos por el Pirineo?: ¡cuántos problemas nos ponen estos guiris! Este fenomenal engaño, sumado a la costumbre de seguir considerando al Parlamento Europeo como ese balneario al que mandar al exilio dorado a los políticos más molestos o limitados (estos últimos, con la recomendación de un buen “padrino”) de cada partido, ha perpetuado el desprestigio de una institución que, a pesar de haber ganado un considerable peso en el proceso de toma de decisiones europeo, se sigue viendo desde aquí con el mismo gracejo que con el que se escuchaban los chistes de Morán –ahora de Lepe-. Este monumental ejercicio de irresponsabilidad no ha salido gratis: ha conseguido mantener a millones de personas en el desinterés más pavoroso con respecto a una Unión Europea de la que emanan la mayoría de las leyes que nos rigen. La prueba está en que, aunque asumimos en trazos gruesos que eso de Europa es importante, con la excepción de lo que se refiere a dineros, alguna vaca loca y poco más, sólo una minoría estima que merece la pena acudir a votar a estas elecciones para enviar un mandato político concreto a las instituciones europeas. Y ello pasa, precisamente, con la institución más democrática de la Unión, la única cuyos miembros pueden ser directamente elegidos por la ciudadanía. En esta última legislatura europea ha ido creciendo el número de los políticos de los grandes partidos que se han removido inquietos en sus confortables escaños de Bruselas y Estrasburgo, de Madrid y de Zaragoza, cuando algunos de los pocos que nos conocemos el “paño” europeo nos hemos puesto al servicio del aragonesismo político de izquierdas que representa Chunta Aragonesista. Allí nos han visto defender nuestras montañas y denunciar la corrupción urbanística y Gran Scala. En el PSOE se han tentado la ropa mientras se preguntaban cuánto tardaríamos en advertir que se abstuvieron en la primera votación sobre directiva de la jornada semanal de trabajo de 65 horas. Rectificaron enseguida, al toque de pito del ministro de Trabajo, cuando constataron cuánto se estaba soliviantando por estos pagos el personal una vez que trascendió este proyecto en la opinión pública local. Seguramente apretaron los dientes cuando denunciamos allí la flagrante y descarada violación del Derecho comunitario que suponía el trasvase del Ebro a Barcelona que acometieron Zapatero, Montilla y sus socios de gobierno -con el inestimable silencio de nuestro dócil Presidente Iglesias- en la lluviosa primavera de 2008. Nos consta igualmente el enfado con el que el PSOE y el PP (no sus correligionarios de otros países) votaron en contra del Informe Auken en el que se denunciaban los abusos, la corrupción y la destrucción del medio ambiente producidos por el salvaje modelo de crecimiento urbanístico español. Habrán tragado mucha saliva para explicarle a la SGAE que nada se podía hacer frente a esa abrumadora mayoría, de la que CHA también formaba parte, que dijo “No” a que se le corte a cualquiera el acceso a internet sin autorización judicial. Hay muchos más ejemplos. ¡Qué chasco se llevarían muchos aquí si supiesen lo que hacen sus eurodiputados allí!. Si no lo saben se debe a la lejanía mental e informativa (mucho mayor que la geográfica) en la que nuestro tándem PSOE-PP nos mantiene deliberadamente con respecto a lo que pasa y hacen allí. ¡No en vano ambos partidos han votado lo mismo en el 70 % de las cuestiones que se han tratado en el Parlamento Europeo! Han vivido muchos años en esa cómoda protección que un grueso colchón de confusión e ignorancia alimentada les han proporcionado para protegerse del juicio crítico de sus propios votantes. Y si así ha sido para el conjunto de España: ¡qué no habría de ser para Aragón! ¡Que se lo pregunten a González Triviño! Ante el incordio de que vengamos otros, no a vegetar, sino a trabajar por su tierra y por la gente que trata de sacar adelante a sus familias y negocios en medio de esta crisis; ante el riesgo de que haya quien denuncie su indolencia y sus engaños; ante el temor de que a este tranquilo cementerio de elefantes políticos en el que están enterrados (y todos nosotros con ellos) sigan llegando quienes los saquemos de sus tumbas y les forcemos a dar cuentas de lo que hacen y de lo que no hacen… ante todo eso, evocan nostálgicos los tiempos en los que, como los falsos astrólogos que interpretaban a su antojo para la plebe las señales del firmamento, se repetían confiados aquella estrofa de Quevedo que dice que “El mentir de las estrellas, es muy seguro mentir, porque ninguno ha de ir a preguntárselo a ellas.”

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