Osetia del Sur: la amenaza somos nosotros

Cuando el presidente de turno de la Unión Europea, Nicolas Sarkozy, y el presidente ruso Dmitri Medvédev, anunciaron conjuntamente la aceptación de un alto el fuego en Osetia del Sur el pasado 13 de agosto, nadie en Occidente pareció prestar atención a una apostilla que este último hizo ante los medios de comunicación. En ella Medvédev dio a entender la necesidad de mostrar con los osetios la misma receptividad hacia su reclamación de independencia que la que en su día Occidente dispensó a los albaneses de Kosovo. Antes bien, esta manifestación pudo parecer más el exabrupto despechado de Rusia (dolida y revanchista tras fracasar en la defensa de los intereses de sus tradicionales aliados serbios) que como una acusación directa de las contradicciones interesadas de la diplomacia de Estados Unidos y de sus aliados.

Y, sin embargo, este mensaje hubiese merecido mucha más atención por parte de todos antes de que nuestros atlantistas gobiernos, inmaculadamente envueltos en sus pieles de cordero mediáticas, se lanzasen a la enésima cruzada de Bizancio. También en España, por supuesto. ¡Hay que ver lo fácilmente que nos llevan como borreguicos a todos los que vivimos embutidos en el “buenrrollismo” autosuficiente y de memoria altamente selectiva que con tanta habilidad cultiva nuestro inefable Zapatero! Bueno, pues una vez más voy a intentar practicar el ingrato ejercicio de remar contra corriente, ya que el tono general de la sociedad se ha vuelto tan simplona y maniqueamente anti-ruso. ¡Y ha bastado tan sólo la emisión de un par de telediarios bien diseñados!

Como digo, antes de ponerle al ruso cuernos y rabo, valía la pena tratar de entender cómo se percibe esta disputa desde el otro lado de esta trinchera que tan rápidamente estamos cavando nosotros mismos. Porque vale la pena recordar que esto se inició, sin avisar, una mañana con un bombardeo indiscriminado de cohetes georgianos sobre los habitantes de Tsjinvali, la capital osetia, sin mediar más pretexto que la toma de posesión efectiva del control de Osetia del Sur por parte de Georgia. Osetia del Sur lleva casi 20 años rechazando la soberanía georgia sobre su territorio. El muy democrático presidente georgiano no envió a sus funcionarios, a sus jueces, a sus médicos, a sus servicios sociales, a su policía, a sus brigadas de obra civil, a sus mediadores políticos y sociales, en fin, a todo eso que hace que un país sea un país y funcione, a ejercitar pacíficamente la soberanía común o, al menos, a tratar de entender por qué sus habitantes se resisten de tal manera a formar parte del proyecto histórico compartido de una Georgia próspera, diversa y democrática. Simplemente mandó sus cohetes sobre la población civil, sin previo aviso, de madrugada. Punto pelota. Eso sí, las difíciles explicaciones posteriores del presidente georgiano, centradas únicamente en la reacción rusa y no en su propia agresión, se hicieron de acuerdo con la estética televisiva americana y en un impecable inglés de niño rico. Con esa técnica de imagen uno mola tanto que consigue que en diez segundos el televidente occidental-tipo haya borrado de sus neuronas lo feo que está tratar a las minorías rebeldes a hostia limpia. Y así ha sido.

Cuando desde el otro lado de la trinchera nos dicen que Occidente hizo lo mismo en Kosovo, desde aquí argüiremos que no, que en Kosovo intervinimos con el papel firmado por la ONU en el que se autorizaba a la OTAN a atacar a Serbia para evitar matanzas y masivas huidas (limpieza étnica) de la población civil. La intervención rusa podía pretender evitar el mismo desastre que se detuvo en Kosovo, pero claro, hacía falta una autorización de la ONU que Rusia no pidió. Nadie se pregunta cuántos muertos se hubiesen producido durante ese tiempo en el que el Consejo de Seguridad de la ONU, fuertemente dominado por Estados Unidos y sus aliados, deshojarían la margarita de qué hacer, cómo y cuándo en Osetia. Y la pregunta no es baladí, pues la sangría de albanokosovares antes de la intervención de la OTAN (como lo fue la de bosnios en su día) demuestra hasta qué punto llegar tarde equivale a acrecentar los males de víctimas y de agresores. Que se lo pregunten a los serbios, cuyo país fue bombardeado mucho más allá de lo que se justificaba con la intervención exterior. Pero bueno, vale: Rusia es culpable de no tener el permiso de la ONU para detener un incipiente delito de lesa humanidad. Resuélvase este inconveniente enseguida, que cosas más complejas se han reconducido en Naciones Unidas.

Yo, si fuera ruso, admitiría mi culpa. Pero reconociendo que tengo una paja en mi ojo, correspondería con igual advertencia a quien, habiendo cumplido con las formalidades de la legalidad internacional para detener una masacre en Kosovo, se ha permitido después utilizar a sus fuerzas de interposición para que esta antigua provincia se segregue de Serbia y declare su independencia de manera unilateral. Occidente se ha pasado siete pueblos, porque lo de hacer que Kosovo se convierta en Estado independiente no figuraba ni de coña en la autorización de la ONU. ¿No es esto tener viga en el propio ojo por haber perpetrado un fraude de ley internacional? ¿O de qué testículos va esto entonces?

Admitamos que ni Rusia, ni Georgia, ni ninguno de los nuevos Estados surgidos de la desintegración de la URSS ha interiorizado una cultura política de alta calidad democrática y de respeto a la legalidad, ni en el plano doméstico ni en el internacional. Ese es un proceso que requiere mucho tiempo y apoyo, y que precisa incluso de cambios generacionales completos. Reconozcamos que los osetios del sur se han mantenido como país independiente de facto gracias a un entusiasmo por defender su secesionismo por la fuerza que contaba con un respaldo soterrado de los rusos clamoroso, si bien los grupos armados kosovares del UCK (antaño el telediario los calificaba de ”terroristas”), también apoyados desde el exterior, fueron incluso más agresivos y letales con respecto a Serbia. Reconozcamos que Rusia, que no es precisamente una ONG sino una potencia de primer orden, tiene intereses geopolíticos en la zona, como los tiene la OTAN allí en donde se impone por la fuerza como le place (¿o no es así, queridísimos invasores de Iraq?).

Pero amigos, reconozcamos también que la OTAN quiere admitir en su seno a estas repúblicas bananeras ex soviéticas para seguir desplegando sus ejércitos junto a un cada vez mayor número de kilómetros de frontera rusa, aunque sus supuestas democracias sean pura letra muerta (bueno, eso nunca ha sido un problema para la Alianza Atlántica ¿no?). Este conflicto lo estamos tensionando fundamentalmente nosotros, los occidentales, para apuntalar un órdago a la grande en nuestra pugna por arrebatarle a Rusia su histórico dominio del Cáucaso y de Asia Central. Que nos estén bombardeando tan descaradamente con semejante campaña propagandística de buenos contra malos, cuando tenemos el historial que tenemos y nuestra agenda oculta es la de una lucha por ampliar las fronteras del “imperio americano”, es de un cinismo tal que solivianta al más templado. El reconocimiento ruso de la independencia de Osetia del Sur y de Abjasia no alimenta la escalada de tensión más de lo que en su día la alimentaron la mayoría de los aliados atlánticos con el reconocimiento de la independencia de Kosovo (en España, aquejados de nuestros propios secesionismos, nos quedamos “mirando pa’ otro lao”, para no incomodar a nadie).