De Monegros, Pirinegros y otros aborígenes

Mr Wallace está contrariado. El despiadado cierzo le llena los ojos de tierra y los oídos del sonido incesante del tam-tam de los aborígenes. Éstos se agitan,  gritan y gesticulan ante del brujo de la tribu que, sacudiendo todas sus plumas, se muestra nervioso aunque vehemente y firme ante los otros salvajes. La cosa no ha resultado como Mr Wallace esperaba. No ha salido como lo que los intérpretes de la costa del Este -mucho más civilizados y buenos conocedores de las tribus del interior- le habían dicho. Y, desde luego, no ha sido lo que habitualmente ha  encontrado siempre que ha desembarcado en tierras inhóspitas pobladas de pueblos atrasados y primitivos como este.
Parece increíble, pero es desoladoramente cierto: ¡los indígenas no han aceptado intercambiar sus territorios por los collares de cuentas de plástico de colores que les ha ofrecido! ¿Para qué querrán tanta tierra, si apenas sacan de ella cuatro granos de trigo de entre pedruscos y esparteras? Con los collares se hubiesen ufanado de la novedad de su ornato y, con esas pequeñas ínfulas, y un poco de civilización americana, hubiesen podido tener una apariencia lo suficientemente digna como para trabajar en el nuevo negocio colonial a cambio de la comida. ¡Sin necesidad de cultivarla!
Claro, que el intérprete del Este también está desconcertado. Esperaba prácticamente un paseo militar. Llegar y triunfar. ¿Y con qué se encuentra?  Con horas y horas de inútil tira y afloja con estos reputados tozudos. Seguro que fue el agotamiento lo que le hizo bajar la guardia. Eso y algún trago de más. Porque ¿cómo se explica si no que los aborígenes le pregunten si en su pueblo aceptarían un trato como el que les ofrecía y él vaya y, tan pichi, en un involuntario arrebato de sinceridad les suelte que ni hartos de vino, que en su pueblo no eran tontos? Y es que es verdad y ellos lo saben; que son vecinos y ya llevan trato suficiente como para que, aunque son realmente muy cortos de luces y perspectiva, no empiecen a darse cuenta estas gentes de lo mucho que algunos tratantes de su pueblo y de otras procedencias que han ido viviendo por aquí se han aprovechado de su candidez y su ignorancia. ¡Como para negárselo ahora así como así, delante de sus desafiantes miradas! Pero, fuere como fuere, decididamente eso no ayudó para nada. ¡Qué imperdonable fallo!
El tam-tam sigue sonando, ahora insistente, martilleante. La tribu de los Monegros está recibiendo el sonido de otros tambores. Los Pirinegros les dicen que en tiempos otros colonizadores del Sur les inundaron sus tierras, se les llevaron el agua y la electricidad y forzaron a buena parte de su población a emigrar. Y todo sin recibir más compensación que unos collares de plástico muy parecidos que de poco o nada les sirvieron. Vamos, que no se fíen.
El brujo se retira al poblado mayor, a hablar con el jefe de todas las tribus. Mr Wallace se reúne con ellos. Los dos están preocupados pero le aseguran a Mr Wallace que harán lo imposible por ayudarle a conseguir lo que necesita. Mr Wallace, sudoroso y dubitativo, sacude la cabeza. Bebe un trago de su botella de agua de fuego y se queda mirando a los desolados líderes tribales. Sus miradas le dicen que son sinceros, que se emplearán a fondo, que les va mucho en ello. Mr Wallace decide creerles y confiar en ellos una vez más, y les ofrece un brindis de amistad que éstos aceptan reconfortados. El tam-tam suena cada vez más fuerte…