Empresarios contra la base de la OTAN

Es muy frecuente en los debates políticos y ciudadanos el recurso a los argumentos de tipo económico para defender las pretendidas virtudes de aquellas iniciativas que suelen suscitar una fuerte contestación social. Baste recordar cosas que hemos oído en varias ocasiones por estos pagos cuando se han planteado proyectos de tipo militar, carcelario o nuclear. No digo que tales argumentos hayan carecido siempre de alguna base. Pero en el caso de la discusión sobre la candidatura de Zaragoza a albergar una base de operaciones de los aviones espías de la OTAN, las fuerzas políticas que la arropan (en Aragón y la ciudad de Zaragoza, el PSOE, el PP y el PAR) se han visto rápidamente desmentidas por las muy discretas cifras económicas asociadas a estas instalaciones que han revelado las autoridades militares.

El de los dineros es un argumento que suele funcionar, pues es fácil suscitar el miedo cuando se toca el bolsillo, tanto en la idea de conservar lo que se tiene como en la de no desaprovechar oportunidades. Algunos aún recordamos a Alfonso Guerra en los años ochenta agitando el “coco” del paro eterno para todos si no aprobábamos en referéndum la entrada de España en la OTAN. Fue patético, pero el caso es que funcionó, aunque el tiempo haya demostrado que la reducción de nuestras cifras de desempleo y el aumento de nuestro PIB poco o nada han tenido que ver con la Alianza Atlántica. El caso es que con la base de aviones-espía todavía sostienen algunos que, por poco que sea, sea ésta bienvenida, que algo aportará. Y no lo niego: algo, por poco que fuese, aportaría a nuestra economía. Pero, en la misma lógica economicista, aplicando la ley de los costes de oportunidad, para tan magras ganancias ¿se ha preguntado alguien por lo que esta decisión nos costaría por otro lado?

Porque, más allá de la escasa actividad que pueda generar una base de la OTAN, parece que ninguno de nuestros muy economistas y bien pensantes líderes aragoneses se ha preguntado por las hipotecas que para el desarrollo de nuestros proyectos logísticos tienen las limitaciones que el fuerte incremento de los vuelos militares impondrá a nuestro tráfico aéreo civil. Podemos discutir largamente sobre si el impulso que esta base daría a nuestra economía sería pequeño o tan sólo minúsculo. Pero de lo que no hay duda a estas alturas es de los innegables y mucho más grandes beneficios económicos que aportan a Aragón tanto el desarrollo de PlaZa como la nueva y más dinámica Zaragoza que está surgiendo al calor de la Expo y de la fuerte apuesta por sus infraestructuras y equipamientos. Y sin embargo, cuando apenas estamos logrando anhelos históricos como el aumento y abaratamiento de nuestras conexiones aéreas de pasajeros, la ampliación de nuestro aeropuerto o la recuperación de nuestro tráfico de mercancías de larga distancia (necesarios, entre otras cosas, para forzar la apertura o reapertura de mejores comunicaciones por el Pirineo), a este importante sector de nuestro liderazgo local se le ocurre que ha llegado la hora de matar a la criatura pegándonos un tiro en donde más nos duele a mayor gloria del atlantismo aventurero en boga.

¿Saben que alrededor del 25% del PIB de la Comunidad de Madrid depende directa o indirectamente del aeropuerto de Barajas? Me refiero a ese aeropuerto civil en constante ampliación y mejora que ya se nos ha llevado en alguna ocasión a empresas de transporte aéreo de mercancías que había en Zaragoza. Si nos creemos la apuesta que hemos hecho con nuestro aeropuerto, nuestra gran plataforma logística, nuestras comunicaciones transfronterizas, nuestra Zaragoza pujante entre las grandes capitales y nuestro Aragón próspero y equilibrado, estamos llamados no a limitar nuestro aeropuerto civil, sino a reducir e incluso a trasladar la actual base militar a otra ubicación que no entorpezca nuestro crecimiento económico. Hagamos bien el cálculo: apostar por la base de la OTAN es como cambiar oro por cuentas de plástico.

En definitiva, un mal, malísimo negocio que, una vez más, nos hipoteca pesadamente a muy largo plazo. Cambiemos nuestra vieja mentalidad de mendigos, contentos de recibir lo que otros no quieren, por otra de amor propio, confianza y apuesta por el crecimiento de una economía productiva y expansiva basada en nuestro dinamismo y espíritu emprendedor. Apelo, pues, a la sensatez y a la visión de presente y futuro de nuestros empresarios para que se manifiesten de forma contundente en contra de este sinsentido y lideren, con otras fuerzas sociales –como se hizo contra el trasvase- la oposición que este desatino merece.