El “NO” a la Constitución de la UE

El rechazo mayoritario de los ciudadanos franceses y holandeses al Tratado internacional por el que, con limitadas novedades, se trataba de dar el carácter de “Constitución Europea” al conjunto de normas e instituciones comunes a los países miembros por el que históricamente ha discurrido el proceso de construcción de una Europa unida ha desencadenado una crisis que ya se hacía necesaria. Esta afirmación puede sorprender a quienes observan con preocupación lo que parece ser una zozobra política de consecuencias impredecibles.

 Sin embargo, si analizamos los hitos históricos que han servido de base para el afianzamiento de la construcción europea, nos daremos cuenta de que han sido precisamente los momentos de crisis o fracaso los que han aportado la experiencia y clarividencia que la sociedad y los estadistas europeos necesitaban para fundamentar con solidez el edificio de la que hoy día no sólo es una superpotencia económica, sino también un referente de progreso social y cultura política avanzada. En efecto, el propio origen de la Comunidad Económica Europea surge del fracaso de hacer de la defensa y la carrera de armamentos la base de la unidad de los europeos, al rechazar en 1954, precisamente la Asamblea Nacional francesa, el proyecto de Comunidad Europea de Defensa. La segunda gran crisis, también a instancias de Francia, en 1965, enseñó a los europeos que un sistema de toma de decisiones común no podía consagrar un mecanicismo tal que hiciese tabla rasa con determinadas situaciones o intereses vitales de los países miembros, experiencia que, con bastante frecuencia, sigue produciéndose y reflejándose en numerosas excepciones y cláusulas interpretativas de los Tratados. Las crisis energéticas, económicas y monetarias de los setenta y principios de los ochenta, así como la cada vez más patente dialéctica entre ampliación y profundización en el grado de integración política y social fueron las que abrieron la puerta al salto cualitativo de Mäastricht, a la moneda y mercado únicos y a la cooperación en materia judicial y de seguridad. Lamentablemente, los avances en el marco institucional y en el diálogo entre los Estados tuvieron un alcance demasiado limitado como para fortalecer la unión política en un grado equiparable al de la unión económica y lo mismo puede decirse de la integración social.

 

En todos los casos, la situación de crisis creada se superó mediante una revisión y actualización de las premisas que sustentaban la lógica del proceso de integración de los pueblos europeos. Ese “baño de realidad” ha sido sistemáticamente preludio de una Unión mejor preparada para gestionar la diversidad que la conforma sin incurrir en situaciones de parálisis insuperables o autodestructivas. Quienes se lamentan diciendo que el “No” mayoritario de franceses, holandeses (o de irlandeses, daneses y británicos, por ejemplo) es una tragedia para la Unión no sólo olvidan que esta dinámica pendular forma parte de la propia mecánica de maduración y progreso del proceso, sino que además, ignoran el hecho de que los beneficiarios primordiales de esta empresa son o han de ser los ciudadanos. Esos mismos que, desde la perspectiva de lo que ven en la realidad cotidiana de su país, nos están diciendo que una o múltiples cosas muy importantes para ellos no están funcionando y que hemos de hacer un alto en el camino porque posiblemente hayamos perdido el rumbo y haya que reencontrarlo. Esta vez, además, la respuesta no parece hallarse en los despachos de los políticos, los visionarios y los estudiosos, sino a pie de calle, en la percepción que se tiene del sueño europeo desde la cola del paro, el puesto de trabajo precario, las dificultades para aceptarse mutuamente y convivir de los europeos y los recién llegados, de los recortes en las prestaciones sanitarias y sociales o del temor a que éstos se produzcan, de la desaparición de nuestros paisajes, nuestro mosaico cultural o nuestra identidad nacional (especialmente en las naciones sin Estado), etcétera.

 

Parece obvio que el entusiasmo de los líderes políticos europeos y de los sectores que les han apoyado para impulsar este Tratado les llevó a perder ese contacto con el suelo, convirtiendo su órdago a la grande en una apuesta en la que las bolsas de ciudadanos desafectos en diferentes partes de Europa era demasiado grande como para aportar el apoyo que un texto con vocación de ser una Constitución requeriría en cualquier país democrático. También parece claro que la banalización de esa Europa que los políticos de cada Estado y nivel suelen presentar en su casa positivamente cuando les permite vender una determinada ayuda o ventaja como éxito de su negociación, y negativamente cuando muestra la cruz de una moneda de la que ellos son corresponsables –aunque lo nieguen ante sus convecinos- ha pasado una dura factura: el ídolo ya no es creíble y pierde cada vez más adoradores. ¿Quién lo ha matado? –se preguntarán algunos de ellos con cinismo.

 

Las señales de esa progresiva erosión del consenso político europeo alrededor del modelo actual ya se dieron en Dinamarca e Irlanda, con procesos que se resolvieron mediante fuertes campañas de presión gubernamental para llegar “con calzador” al resultado políticamente correcto. El ejercicio de humildad y madurez política que demandaba la situación evidenciada en estos casos no se produjo. Antes bien, se optó por una huida hacia adelante, casi apresurada, impulsada por estadistas nerviosos y neoliberales impacientes por hacer irreversible un proceso de ampliación al Este que, al tiempo, cimentase un modelo de desarrollo económico y social cada vez más apartado de las aspiraciones de un número creciente de europeos.

 

Obviamente, las razones del “No” no son uniformes, y engloban desde los posicionamientos más constructivos de cuestionamiento del modelo actual de sociedad europea hasta las más retrógradas concepciones que denostan el propio ideal de unidad democrática de los pueblos y evocan las miserias del fascismo. Una propuesta para Europa más próxima a los planteamientos de esa, seguramente, gran mayoría de personas que, sin compartir los presupuestos de la extrema derecha, apuestan por una Unión Europea más cercana a sus problemas, concitaría los apoyos que en esta ocasión han faltado. Es, pues, momento de bajar a la realidad del suelo, sentarse a hablar y retomar el rumbo sobre bases más sólidas y arraigadas. Los europeos están vivos en el bullir de su diversidad y tienen largo camino por delante que desean recorrer en común. Tomémonos el tiempo de escucharles y sabremos cómo y por dónde proseguir.